Cartografía de la soledad: crónica del Desierto de Atacama
Viajar es despedazarse en el camino, salir de sí, volver a buscarse.
Me fui para Atacama buscando atravesar la tenebra, caminar lentamente al encuentro de mí mismo, escribir en el desierto y asesinarme en las palabras de Raúl Zurita. Desde que salí de México me acompañan la memoria los desiertos de Sonora y Chihuahua, inmensas dunas rodeadas de cactus y cardones disfrazados de federales. El norte de aquella patria ha sido la orilla de un mar sangriento, el límite de la esperanza y el centro de mi corazón.
Nacido regiomontano, mi peregrinación es fruto de un cúmulo de circunstancias que giran en torno a una confesión. Desde que estas palabras abandonaron a mi abuela, rondan a mi espíritu como los astros rodean al Sol. «Intenta salir de ti con serenidad, paciencia y movimiento», me dijo un día. Sin tener conciencia de mí búsqueda, los últimos 10 años han sido un ir y venir sobre la tierra. He tenido la fortuna de viajar al mal llamado fin del mundo, elevarme entre volcanes, bosques o palmeras y habitar un breve instante el lugar más árido del planeta.


También conocido como El abuelo que llora, la zona del Tatio es un campo de géiseres en actividad constante. Al norte de Chile y sobre la frontera montañosa con Bolivia y Argentina, este pedazo de infierno contiene alrededor de 80 cráteres de tamaños e intensidades diversas, depósitos de agua dentro de las rocas volcánicas que se conducen por las fallas hasta la superficie. Ver explotar el agua hirviendo es adelantarse al purgatorio. El cambio en las temperaturas de la tierra, dentro y fuera, produce fumarolas de vapor que ensombrecen el horizonte, poniendo en peligro tu vida y tu cordura.
Respiras hondo, eres el aire fresco que inunda tu cuerpo. Subes la montaña en la que otros como tú han habitado miles de años atrás. Miras en derredor. Junto al volcán, vida de la vida, asoma la luna en horizonte. Encuentras la belleza de existir atravesando. Lloras sin consuelo. Otra vez absolutamente solo lloras como cuando rozaste la muerte en un abrazo del delirio, del que fuiste rescatado por tu entraña en repetido vómito.

Regresar por la misma ruta, bajar al ritmo del Sol en el ocaso, es un regalo cromático. Los atardeceres más límpidos que he podido ver suceden aquí. A los colores del cielo, si tienes la fortuna de alguna nube perdida, los acompañan los tonos de las plantas que verdean al descenso. Como bien lo ilustró Humboldt en 1807, la vegetación depende de las alturas y los climas que acompañan, sin importar el punto del planeta Tierra en que te encuentres.
No sucede lo mismo con la luna, esa piedra brillante a la que cantan poetas y Secretarías de Turismo. Como si pedazos de ella habitaran esta tierra, existen Valles de la Luna por doquier. Algunos ejemplos están en La Paz (Bolivia), Santiago del Estero, Mendoza, San Juan (Argentina) y Atacama (Chile). Aquí, en la aridez de este desierto, las formaciones de roca y un paisaje desolador a gran distancia, te comprometen el entendimiento.
Acompañando la cordillera de la sal, una cadena montañosa que supo ser un antiguo lago que se elevó hace millones de años, dibujada por el Sol, la escasa lluvia y el viento, el Valle de la Luna es un espectáculo geológico. Más allá de las extrañas formas de tonos rojizos con alto contenido de sulfato de calcio –que le da a las esculturas de piedra la apariencia de estar salpicadas de sal y fundamenta su nombre–, este Valle de la Luna es el escenario de un atardecer excéntrico y perturbador. Grandes balcones con vista a un precipicio rugoso que promete la suavidad que no tiene invitándote a tirarte, abandonar todo lo que has sido y dejarte caer.
Estás aquí, todavía estás aquí. Una arcada tras otra te devuelven del abismo en que te habías sumergido. Escupes, resoplas, miras tus vísceras sobre las piedras en lo alto de la tierra. Estás en este cuerpo cubierto de una piel erizada. Sientes asco, rencor y remordimiento. Pides perdón, levantas la mirada, sólo encuentras beatitud.
Ningún paisaje, sabor o textura ha significado esa búsqueda que me llevó de San Salvador de Jujuy hasta San Pedro de Atacama, 8 horas en colectivo por el Paso de Jama a través de la cordillera de los Andes. Todo el sentido de la palabra desierto se desvanece al galope de la turistización contemporánea, esa especie de plaga que se expande por el mundo y atenta contra la propuesta de una experiencia personal. Salir de los circuitos, hacerte el explorador o acompañar los selfitours al compás de tu jubilación prematura, guardan el mismo engaño.
Si bien es cierto que algunas condiciones del contexto facilitan o dificultan la conexión con el instante que pasa, con el color de ese sol a través de la bruma o el olor de la tierra seca, nada impide a fin de cuentas mirar a través de los propios ojos, recolectar viejas experiencias o transmutar tu vivir. En su viaje a la vera del Danubio, Claudio Magris apuntó que “en el mundo administrado y organizado a escala planetaria, la aventura y el misterio del viaje parecen acabados; los viajeros de Baudelaire, que partían a la búsqueda de lo inaudito y estaban dispuestos a naufragar durante el viaje, encuentran en lo ignoto, pese a cualquier desastre imprevisto, el mismo tedio que han dejado en casa”.
Sin embargo, moverse es mejor que nada. Mover tu campo visual, recuperar el horizonte. Ir a la cima de la montaña, de la cascada y escucharte decir: puedo morir, puedo caer. Volver a mirar la naturaleza y encontrarte.
Un sorbo de agua te ilumina. Eres gratitud en llanto, la certeza infinita de las pequeñas cosas; eres una circunstancia del tiempo, una ínfima partícula del movimiento eterno. Asciende la luna con la oscuridad de la noche, vuelves al camino. Los pies te guían apenas empujados por el viento. Estas solo, eres el universo infinito, la vastedad del cosmos en todas las cosas.
Porque viajar es despedazarse en el camino, salir de sí, volver a buscarse. Es encontrar la fascinación por el pequeño arte de la fuga: construir la experiencia, mirar el fondo del pozo, dibujar un reflejo en sus aguas y beberlas con fruición.